Domingo, 24 de septiembre de 2006
Dos personas se conocen, un hombre, una mujer. Un hombre, una niña quizá. Tienen un amigo en común, no se verán más veces de las que vean a ese amigo, se encontrarán en un par de reuniones, se saludarán al reconocerse, pero nada, él pasara desapercibido en su vida, ella es sólo un extra, personaje de reparto, no necesita un nombre en los créditos: “chica en la reunión”.
Las coincidencias aumentan, él se vuelve mejor amigo del amigo de ella, ellos viajan, luego vuelven. Ella tiene enamorado y un día van al teatro con él y sus papás, pero al terminar tienen un poco de hambre, qué tal un sanguchón, vale. Entonces llegan al sitio, y ella lo reconoce, al amigo, con la barba algo crecida, con la piel bronceada tras una larga caminata, y lo saluda. Y lo llama por su nombre, ya se conocen. Una breve conversación, que no significaría nada, pero las coincidencias aumentan.
Hace ya un par de meses que la niña terminó con su enamorado, esto no iba. Hace unas semanas salía con un nuevo “galán”, pero este la dejó. Ella está rsentida, pero tampoco hay mucho que hacer, además, hay motivos para celebrar. Es la graduación del amigo en común, ella llega tarde, tenía chamba para varirar y elige una crónica que habla de las Apple para esperar en el museo de la Nación, a la hora del coctel sale, brinda con su amigo, se toma fotos, se divierte, está feliz.
En casa de su amigo, llega él. También tarde, pero con un trago porque estamos de celebración. Y ella tomará, y el también quizá. Se sentarán a conversar, será el alcohol, o algo que está pasando en ese momento, será el aire, pero ellos bailarán como si toda la vida hubieran bailado juntos, él la mirará y ella no volteará los ojos, se moverán en un tantán sin fin, se tomarán las manos y sentirán que por un momento se levantaron del suelo y fueron cogidos por algo fuerte, muy fuerte que debe cerrarse como se cerrará.
Es una niña, debe regresar a casa. Pero él no dejará que se vaya así no más, él ha decidido robarle un beso. Y lo hizo, y qué bueno que lo hizo. Y fue tan bueno que no bastó, y que sean dos, y ela se irá pensando, en que quizá eso pudo significar algo. Recuerda entonces que tiene su teléfono, y que él tiene el suyo luego de que ella misma lo anotó. Llamará?
Llamó.
Será un café, será un pisco sour. Será un san antonio, será una visita a la playa. Una serie de salidas, una cantidad pequeña de besos, más que robados prestados. Ella está mal, ella no siente, y siente no sentirlo. Lo llamaron el café del mal, cuando ella decide decirle al señor de barba que “no eres tú, soy yo”. Y él lo tomará bien, como debió tomarlo, como el café amargo.
Pero felizmente, la historia ahí no acaba.
ÉL la borro de su lista, borró su número en el teléfono, borró su historia y la tapó con otra. Ella se apoyó en sus amigas, se dedicó a buscarse, a buscar unas mariposas que ella las hacía perdidas.
Fue marzo. Fue abril. Fue mayo.
Fue frente a un asensor, con un papelito que decía “pico” cuando ella volvió a rozar sus labios, entre un quiero y no quiero, con un “sé que la voy a cagar de nuevo” en su cabeza y un “que beso más seco” en la suya. Pero fue un nuevo punto de partida, quizá el empujón que necesitaban.
Luego vino un almuerzo, luego vino un temblor en la cabeza. Las mariposas habían vuelto y su aleteo susurraba un nombre. Un apodo, quizá... Ella de pronto sabe lo que quiere, todo está ordenado y se decide a buscarlo.
Casi cuatro meses después de esto, ella y él creen ser los que más quieren, los que mejor aman, los más felices del planeta. Crean espacios, como el mundo bajo el cubrecama, de cielo azul y una línea naranja en lugar de sol. Hacen el amor como si fuera la primera y última vez. Se descubren. Se ríen como locos, se miran como si se estuvieran reconociendo, como si se hubieran olvidado del rostro del otro.
Hablan de casarse, de tener hijos, de vivir juntos. Son cuatro meses, pero han crecido a pasos agigantados. Hablan de por siempres, de eternos, de mil otoños, mil primaveras, de hasta la muerte, de amen y de todo lo demás. Salen comentarios, como tú eres mi esposa, vive conmigo, quédate a dormir, quédate por siempre, soy tuya, eres mío, todo lo que quieras. Ella no piensa dejarlo nunca, quiere quererlo por todo lo que le queda de vida y de amor, sabe que siempre ha pensado lo mismo, pero es como si en el fondo supiera que este es el de verdad, que este es el que quedará, no piensa en nadie más, no piensa en pensar en nada más, no cabe esa idea, no hay manera, simplemente no hay manera.
Tiene 22 años, está a punto de terminar la carrera, es una niña, no ha vivido más que una breve lista de 25, pero no le importa. Ya paró de contar, ya no falta nada, quiero que él quede... quiero que sea de verdad, no quiere nada más.
Odioamo ser nostálgica.